Desperté de un coma y escuché a mi hijo susurrar: “No abras los ojos, mamá… papá está esperando que te mueras.” En ese instante entendí que mi accidente no había sido un accidente, y que mi esposo y mi propia hermana estaban esperando mi muerte para quedarse con todo.

—¡No quiero! ¡Quiero que mi mamá despierte!

—Tu mamá no va a despertar —escupió Sergio—. Y tú vas a hacer lo que yo diga.

Mateo levantó el rostro, temblando, pero con una furia nueva en los ojos.

—No. Mi mamá me dijo que si algo le pasaba, llamara a la licenciada Gálvez.

El silencio cayó como una losa.

La licenciada Gálvez era la abogada de Valeria.

Y era la única persona que sabía que Valeria había cambiado su testamento 2 semanas antes del accidente.

Sergio cerró la puerta con fuerza.

—¿Qué abogada, Mateo?

Renata palideció.

—Ese niño sabe demasiado.

Entonces ocurrió.

Un dedo de la mano derecha de Valeria se movió apenas.

Fue mínimo.

Casi nada.

Pero Mateo lo vio.

No gritó. No sonrió. No la delató.

Solo se acercó a su oído y susurró:

—No te muevas, mamá. Ya pedí ayuda.

Sergio tomó a Mateo del brazo.

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