Fui a casa de mi madre solo para firmar unos papeles, pero encontré algo en su cocina que me rompió por dentro.
Yo había pedido dos horas libres.
Nada más.
Mi madre seguía viviendo en su piso pequeño de Valladolid. Segundo sin ascensor, escalera estrecha, felpudo gastado y una maceta medio seca junto a la puerta, que ella seguía regando como si aún pudiera salvarla.
Cuando me abrió, sonrió como si yo hubiera cruzado medio mundo para verla.
“Daniel, hijo, pasa. Te hago un café.”
Le di un beso rápido en la mejilla.
Y miré el reloj.
Hoy me da vergüenza recordarlo.
Mi madre se llamaba Pilar.
Tenía setenta y cuatro años.
Siempre decía que estaba bien, pero cada vez parecía más pequeña. No frágil del todo. Más bien silenciosa. Como esas cosas de una casa que llevan años ahí y un día, de golpe, te das cuenta de que han envejecido.
Llevaba una chaqueta de punto azul claro, con un botón distinto a los demás.
Encima de la mesa de la cocina tenía los papeles preparados.
Eran documentos para mudarse a un piso más cómodo, en una planta baja, cerca del centro.
Había puesto papelitos amarillos donde yo tenía que firmar.
Todo ordenado.
Todo listo.
Como siempre.
“Siéntate un momento”, me dijo.
“No puedo quedarme mucho, mamá. Tengo el tren a las cinco.”
Ella asintió.
No se enfadó.
Eso habría sido más fácil.
Solo pareció acostumbrada.
Firmé deprisa.
Luego me levanté para buscar cinta adhesiva. Había un par de cajas abiertas junto al aparador.
La cocina era casi igual que cuando yo era niño.
Los azulejos claros.
La cafetera de toda la vida.