Después de golpearme hasta dejarme inconsciente, mi padre me abandonó en la calle y mi madre se rio mientras grababa: “A ver quién te salva ahora”. Creyeron que sin teléfono ni identificación nadie sabría la verdad. Yo sobreviví, llamé a una abogada y abrí una carpeta que había copiado días antes. Dos años después, fueron ellos quienes dijeron “por favor”, pero había un secreto pendiente que aún podía hundirlos más.