PARTE 1
—Si vuelves a preguntar por ese fideicomiso, te juro que vas a arrepentirte de haber nacido.
Esa fue la última frase que escuché de mi padre antes de despertar tirada detrás de un supermercado, descalza, con la ropa rota y el cuerpo tan adolorido que apenas podía respirar.
Me llamo Daniela Ríos, tenía treinta y cuatro años y hasta esa noche estaba convencida de que, por muy difícil que fuera mi familia, jamás serían capaces de hacerme algo así.
El frío del pavimento me pegaba en la espalda. Había bolsas de basura junto a una pared y, a lo lejos, pasaban camiones de reparto. Intenté incorporarme, pero un dolor seco me atravesó las costillas. Me llevé la mano al rostro y sentí sangre seca cerca de la ceja.
No tenía bolsa. No tenía celular. No tenía cartera. Ni siquiera llevaba zapatos.
Durante unos segundos pensé que me habían asaltado.
Entonces recordé.
El despacho de mi padre, Arturo Ríos, en Lomas de Chapultepec. La carpeta azul que yo había puesto sobre su escritorio. Su cara cambiando cuando le pregunté por varias transferencias del fideicomiso que mis abuelos habían creado para hijos y nietos. Mi madre, Patricia, entrando y cerrando la puerta.
Después vinieron los golpes.
Y lo peor no fueron los golpes.
Lo peor fue recordar a mi madre con el celular en la mano.
Grabando.
Riéndose.
—Mírate —me dijo mientras yo trataba de cubrirme—. Siempre haces un drama de todo.
Volví a abrir los ojos en aquel callejón y reconocí el lugar. Estaba detrás de un supermercado viejo, en Azcapotzalco, a varios kilómetros de la casa de mis padres.
Yo no podía haber llegado sola.