PARTE 1
—Si vuelves a preguntar por ese fideicomiso, te juro que vas a arrepentirte de haber nacido.
Esa fue la última frase que escuché de mi padre antes de despertar tirada detrás de un supermercado, descalza, con la ropa rota y el cuerpo tan adolorido que apenas podía respirar.
Me llamo Daniela Ríos, tenía treinta y cuatro años y hasta esa noche estaba convencida de que, por muy difícil que fuera mi familia, jamás serían capaces de hacerme algo así.
El frío del pavimento me pegaba en la espalda. Había bolsas de basura junto a una pared y, a lo lejos, pasaban camiones de reparto. Intenté incorporarme, pero un dolor seco me atravesó las costillas. Me llevé la mano al rostro y sentí sangre seca cerca de la ceja.
No tenía bolsa. No tenía celular. No tenía cartera. Ni siquiera llevaba zapatos.