Después de golpearme hasta dejarme inconsciente, mi padre me abandonó en la calle y mi madre se rio mientras grababa: “A ver quién te salva ahora”. Creyeron que sin teléfono ni identificación nadie sabría la verdad. Yo sobreviví, llamé a una abogada y abrí una carpeta que había copiado días antes. Dos años después, fueron ellos quienes dijeron “por favor”, pero había un secreto pendiente que aún podía hundirlos más.

Y si me habían quitado el teléfono, la identificación y hasta los zapatos, no era para “darme una lección”. Era para retrasar cualquier posibilidad de que pidiera ayuda.

Un auto se detuvo cerca. Retrocedí aterrada hasta que un hombre mayor bajó y levantó las manos.

—Señorita, no se mueva. Voy a llamar a una ambulancia.

Se llamaba don Ernesto. Trabajaba de velador en una bodega cercana. Se quitó la chamarra y me cubrió mientras pedía ayuda.

Desperté en un hospital casi catorce horas después.

Tenía tres costillas fracturadas, una lesión en el pómulo, conmoción cerebral, moretones y un cuadro de hipotermia.

Al cuarto día llegaron dos agentes. Les conté todo.

La agente Ramírez cerró su libreta.

—Daniela, tus padres dieron una versión muy distinta.

Según ellos, yo había sufrido una crisis, había atacado primero a mi padre y luego había salido corriendo. Afirmaban no saber cómo terminé herida.

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