El gato viejo que dejó de esperar cuando una mujer abrió su puerta

Que dormía con una pata estirada, como si aún tuviera que estar preparado para marcharse.

Y que cada tarde, cuando la luz empezaba a ponerse gris detrás de los edificios, se acercaba a la puerta.

Al principio pensé que era casualidad.

Luego miré el reloj.

Seis y media.

Otra vez.

Me senté en el suelo, a unos pasos de él.

“Mateo”, dije bajito.

Movió una oreja, pero no apartó la mirada.

Había algo casi educado en su espera.

No exigía.

No lloraba.

No destrozaba nada.

Solo esperaba.

Y a veces la espera tranquila duele más que cualquier escándalo.

Me quedé allí con él hasta que el caldo empezó a oler a quemado.

Aquella noche cené pan tostado y sopa chamuscada.

Mateo no comió mucho.

Se subió al sillón, hizo tres vueltas torpes sobre la manta azul que le había comprado, y se tumbó con los ojos abiertos.

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