La primera vez que Mateo volvió a mirar la puerta de casa, entendí que adoptarlo no había cerrado su herida. Solo la había traído conmigo.
Pasó justo una semana después de aquella noche.
Eran las seis y media.
La misma hora en que las luces de la protectora se apagaban.
Yo estaba en la cocina, removiendo una sopa sencilla que probablemente iba a quedar demasiado salada, cuando oí sus uñas pequeñas sobre el suelo del pasillo.
Clac.
Clac.
Clac.
Me asomé.
Mateo estaba sentado frente a la puerta de entrada.
Quieto.
Con la espalda un poco encorvada y la oreja caída hacia delante, mirando la madera como si al otro lado pudiera estar toda su vida anterior.
No maulló.
Eso seguía siendo lo peor.
Yo ya había aprendido algunas cosas de él.
Que no le gustaban los ruidos fuertes.
Que prefería beber agua de un cuenco ancho.
Que dormía con una pata estirada, como si aún tuviera que estar preparado para marcharse.
Y que cada tarde, cuando la luz empezaba a ponerse gris detrás de los edificios, se acercaba a la puerta.
Al principio pensé que era casualidad.
Luego miré el reloj.
Seis y media.
Otra vez.
Me senté en el suelo, a unos pasos de él.
“Mateo”, dije bajito.
Movió una oreja, pero no apartó la mirada.
Había algo casi educado en su espera.
No exigía.
No lloraba.
No destrozaba nada.
Solo esperaba.
Y a veces la espera tranquila duele más que cualquier escándalo.
Me quedé allí con él hasta que el caldo empezó a oler a quemado.
Aquella noche cené pan tostado y sopa chamuscada.
Mateo no comió mucho.
Se subió al sillón, hizo tres vueltas torpes sobre la manta azul que le había comprado, y se tumbó con los ojos abiertos.