La primera vez que Mateo volvió a mirar la puerta de casa, entendí que adoptarlo no había cerrado su herida. Solo la había traído conmigo.
Pasó justo una semana después de aquella noche.
Eran las seis y media.
La misma hora en que las luces de la protectora se apagaban.
Yo estaba en la cocina, removiendo una sopa sencilla que probablemente iba a quedar demasiado salada, cuando oí sus uñas pequeñas sobre el suelo del pasillo.
Clac.
Clac.
Clac.
Me asomé.
Mateo estaba sentado frente a la puerta de entrada.
Quieto.
Con la espalda un poco encorvada y la oreja caída hacia delante, mirando la madera como si al otro lado pudiera estar toda su vida anterior.
No maulló.
Eso seguía siendo lo peor.
Yo ya había aprendido algunas cosas de él.
Que no le gustaban los ruidos fuertes.
Que prefería beber agua de un cuenco ancho.