Hay momentos en los que una persona siente que está metida en algo demasiado íntimo, aunque la hayan invitado.
Carmen acariciaba a Mateo muy despacio.
“Mi niño”, repetía. “Mi niño bueno.”
Mateo cerró los ojos.
No sé cuánto tiempo estuvimos así.
Quizá diez minutos.
Quizá una vida entera.
La directora de la residencia entró una vez, vio la escena y salió sin decir nada.
Me cayó bien por eso.
Cuando Mateo se cansó, se tumbó junto a los pies de Carmen.
No en mi regazo.
No en su transportín.
Allí.
Donde seguramente había dormido durante años.
Carmen me miró entonces.
Sus ojos estaban nublados, pero vivos.
“¿Está contigo?”
Asentí.
“Sí.”
“¿Duerme calentito?”
“Sí.”
“¿Come?”
“Cada vez mejor.”
Carmen respiró como si acabara de soltar una piedra.
“Es muy bueno. Solo parece serio.”