El gato viejo que dejó de esperar cuando una mujer abrió su puerta

Había hablado con la residencia.

No era algo habitual, pero la directora conocía a Carmen y había aceptado una visita breve en una sala tranquila.

“Si Mateo se estresa, lo dejamos”, me dijo Laura.

“Claro.”

Preparé el transportín como si fuera una maleta para un viaje importante.

Puse dentro su manta azul.

Un juguete pequeño que nunca usaba.

Y una prenda mía vieja, por si necesitaba oler algo conocido.

Mateo me miró desde el pasillo.

“Vamos a ver a alguien que te quiere”, le dije.

No sé si me entendió.

Pero no se escondió.

El sábado por la mañana, la residencia olía a limpio, a sopa suave y a flores de plástico.

No lo digo mal.

Era un lugar correcto.

Luminoso.

Con sillones claros y fotos de excursiones pegadas en un tablón.

Pero también tenía ese silencio especial de los sitios donde muchas personas esperan visitas que no siempre llegan.

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