Nada que obligara a nadie a dar las gracias como si le hubieran salvado la vida.
Solo cosas que iban y venían.
Como tendría que ser siempre.
Yo pensé que íbamos bien.
Que habíamos encontrado una forma tranquila de estar cerca.
De ir.
De hablar.
De poner a todo el mundo en su sitio.
Debí de cambiar la cara, porque Lucía levantó los ojos y me dijo enseguida:
—Mamá, no montes algo muy grande.
La frase me dejó quieta.
Otra vez.
Me vi desde fuera.
La adulta que confunde rapidez con ayuda.
La adulta que quiere arreglar el dolor a golpe de movimiento.
Me senté frente a ella.
—¿Martina te ha dicho algo?
Lucía asintió.
—Que está cansada de que la miren.
Aquella noche apenas dormí.
No por rabia solo.
También por impotencia.
Porque hay cosas que una no sabe cómo proteger sin romper más.
A la mañana siguiente, a la salida del colegio, vi a la madre de Martina junto a la verja.
Llevaba un abrigo fino, de esos que ya no abrigan del todo cuando el invierno se está yendo pero el aire aún corta.