Diez años atrás, Elena había diseñado el sistema de contratación del Grupo Altamar. Había creado pruebas anónimas, entrevistas con criterios objetivos y controles para evitar favoritismos.
Después se marchó para dirigir una fundación privada dedicada a formar jóvenes profesionales sin contactos familiares.
Durante años recibió informes positivos.
Pero en los últimos meses comenzaron a llegarle mensajes distintos.
Candidatos rechazados por su edad.
Mujeres juzgadas por su ropa.
Personas con apellidos extranjeros que nunca pasaban de la primera ronda.
Ofertas reservadas para familiares de directivos.
Elena pidió una auditoría discreta.
Lo que encontró fue peor de lo que esperaba.
Por eso había regresado sin anunciarse.
No como la presidenta del consejo de supervisión.
No como una de las personas con más autoridad dentro del grupo.
Sino como una mujer corriente buscando empleo.
En el pasillo lateral había siete candidatos. Todos vestían trajes oscuros, zapatos brillantes y relojes que costaban más que el sueldo anual de muchas familias.
Cuando Elena se acercó, las conversaciones se apagaron.
Una mujer llamada Lorena Sanz miró su bolsa de tela.
—¿Eso es un maletín o la bolsa del mercado?
Un hombre alto, con traje de rayas, soltó una carcajada.
Se llamaba Álvaro Robles. Tenía treinta y cinco años, hablaba con una seguridad exagerada y llevaba semanas diciendo que el puesto ya era suyo.
Sacó una moneda del bolsillo y la dejó caer delante de Elena.
—Para que te compres un café mientras esperas.
Las risas volvieron a escucharse.
Elena miró la moneda en el suelo.
—Creo que se te ha caído —dijo.
—Quédatela —respondió Álvaro—. Parece que la necesitas más que yo.
Otro candidato levantó el teléfono y tomó una fotografía.