—No la presionen. Quizá está acostumbrada a hacer las cuentas de la compra.
Los cuatro rieron.
Elena continuó escribiendo.
Cuando se cumplieron los cinco minutos, Beatriz le quitó las hojas.
Las miró durante apenas dos segundos.
—Incorrecto.
—No ha leído la respuesta.
—No necesito leerla completa.
—He señalado nueve errores en el documento y he creado tres escenarios con los datos disponibles.
Tomás tomó las hojas.
—Esto no es lo que se pidió.
—Se pidió un análisis. Eso es un análisis.
—Se pidió obedecer —respondió Ricardo.
Elena levantó la mirada.
—Creía que buscaban una vicepresidenta, no una persona incapaz de cuestionar información defectuosa.
El rostro de Ricardo cambió.
—Tenga cuidado con el tono.
—Mi tono es tranquilo.
—Su tono es arrogante.
Beatriz cerró la carpeta.
—No tiene presencia ejecutiva. No sabe adaptarse y su imagen está muy por debajo del nivel de esta empresa.
—Todavía no han revisado mi experiencia.
—No hace falta —dijo Tomás—. Algunas cosas se ven de inmediato.
En ese momento, Álvaro entró en la sala como si ya formara parte del equipo.
Llevaba una carpeta de piel y una sonrisa satisfecha.
Ricardo se levantó para saludarlo.
—Ahora sí tenemos a un candidato de nivel.
Beatriz abrió por fin una carpeta.
Era la de Álvaro.
—Excelente formación, contactos importantes y una imagen impecable.
Álvaro miró a Elena.
—No todos nacemos para dirigir.
Ricardo le dio una palmada en el hombro.
—Tu entrevista será rápida. Ya conocemos tu perfil.
Elena cerró su cuaderno.
—Parece que lo conocen muy bien.
—¿Qué quiere decir? —preguntó Beatriz.
—Que el señor Robles ha entrado sin ser llamado. Ustedes lo tratan como si el puesto ya le perteneciera y ni siquiera han leído mi currículum.
Ricardo cruzó los brazos.