En menos de un minuto, todo estaba ordenado.
El recluta la miró con la boca entreabierta.
—¿Cómo supo cuál era cuál?
—Observando —respondió ella.
Se levantó, se sacudió el polvo de las palmas y siguió con su ronda.
Desde la puerta, el sargento primero Julián López la observó en silencio. Era ancho de hombros, veterano de muchas operaciones y conocido por no regalar elogios.
Aquello no había sido suerte.
Era entrenamiento.
Y uno muy profundo.
Poco después, Elena llegó al área restringida donde se guardaban los registros diarios de munición de precisión. Debía entregar un manifiesto firmado antes de la inspección del mayor Salgado.
El documento no estaba en su carpeta.
Lo encontró dentro de un barril de trapos, arrugado y empapado en aceite.
Las cifras eran ilegibles.