Al fondo del depósito, dos de los soldados que se habían burlado de ella limpiaban herramientas con demasiado entusiasmo. Ninguno se atrevía a mirarla.
No había sido un accidente.
Querían que fallara.
Querían demostrar que la mujer de logística no podía ni cuidar un papel.
Elena sostuvo el manifiesto arruinado durante unos segundos. Luego lo dejó sobre la mesa, sacó una hoja nueva y comenzó a escribir.
No revisó el almacén.
No consultó notas.
Recordaba cada cantidad, cada lote, cada fecha de revisión y cada peso registrado durante la madrugada. Su bolígrafo avanzó línea tras línea con una precisión que volvió pesado el silencio del depósito.
Cuando terminó, colocó el documento limpio en la bandeja del mayor.
Cinco minutos antes del límite.
Los dos soldados pasaron cerca, fingiendo que no había ocurrido nada.
Elena tampoco dijo nada.
No necesitaba hacerlo.
Su trabajo perfecto fue una respuesta más dura que cualquier grito.
A media mañana, quince oficiales ocuparon la sala de reuniones. En la pantalla aparecieron fotografías de tiradores con medallas, campeonatos ganados y años de experiencia en misiones de alto riesgo.
El mayor Salgado señaló el título de la presentación.
PROGRAMA FANTASMA: PRUEBA EXTREMA DE CUATRO MIL METROS.
—Buscamos a los mejores para una nueva unidad de formación —dijo—. Una sola oportunidad. Un solo impacto. Quien toque el centro del blanco entrará en el programa.
Los nombres fueron apareciendo uno por uno.
El de Elena nunca salió.
—Capitana Vargas —añadió Salgado sin mirarla—, esta selección es para personal de combate. Logística no participa.
Elena asintió una sola vez.
—Entendido, mi mayor.
No protestó.
No pidió explicaciones.
Solo apretó los dedos debajo de la mesa durante medio segundo.