PARTE 1
La noche en que Nicolás Serrano vio a su padre pedir permiso para sentarse en la mesa que él mismo había construido, entendió que alguien había convertido a sus padres en invitados dentro de su propia casa.
Durante 12 años, Nicolás había vivido entre Madrid, Londres y Bruselas levantando una empresa de software que acabó valiendo millones. Cada mes enviaba dinero a sus padres, Manuel y Carmen, convencido de que aquello bastaba para que envejecieran tranquilos en el chalet de Torrent que habían levantado con 30 años de sacrificios. Manuel había sido ebanista; Carmen, modista. Cada puerta, cada armario y hasta la mesa del comedor llevaba algo de sus manos.
Pero una llamada a las 00:18 cambió todo.
Carmen habló apenas 40 segundos. Dijo que estaba bien, que Manuel dormía, que no necesitaban nada. Entonces, al fondo, una voz de mujer cortó la conversación:
—Ya te dije que por la noche ese móvil se guarda.
Nicolás reconoció a Nuria, la esposa de su hermano Javier.
Antes de colgar, Carmen susurró:
—No vengas, hijo.
Nicolás tomó el primer AVE de la mañana hacia Valencia y no avisó a nadie. Se alojó en un hotel pequeño cerca de la estación y, al caer la tarde, caminó por la calle donde había crecido.
Desde la acera de enfrente vio regresar a sus padres del supermercado. Manuel llevaba unos zapatos gastados. Carmen cargaba una bolsa con pan, leche y 2 yogures. Ninguno entró por la puerta principal.
Rodearon la casa por un pasillo lateral y desaparecieron por la puerta del lavadero.
Nicolás se quedó inmóvil.
Su antigua vecina, Pilar, lo reconoció y bajó la voz al saludarlo.
—Pensaba que tú lo sabías.
Él no tuvo que preguntar qué.