Se burlaron de ella por irse a Ciudad de México con solo 2,800 pesos — años después, el primo que más se rio terminó suplicándole ayuda.

Todavía no entendía lo peligroso que era construir una vida solo para callar bocas ajenas.

Mi primera entrevista fue ese mismo día.

Una empresa en Paseo de la Reforma.

Llevaba una blusa azul, zapatos que me lastimaban los talones y un currículum casi vacío.

La reclutadora lo revisó.

—Buenas calificaciones.

—Gracias.

—¿Experiencia administrativa?

—Prácticas profesionales.

—¿Excel avanzado?

—Intermedio.

Me puso una prueba.

Encontré 2 errores.

Corregí una fórmula.

Por un momento pensé que había bastado.

—Tienes potencial, Valeria, pero necesitamos a alguien con experiencia real.

Salí con ganas de llorar.

Entonces escuché:

—¿Vale?

Era Mateo Ramírez.

Lo conocía desde la secundaria.

Había salido del pueblo 3 años antes y trabajaba en una empresa tecnológica.

—¿Qué haces aquí?

—Buscando trabajo.

—¿Dónde te estás quedando?

No respondí.

Me miró en silencio.

—No me digas que llegaste sin tener dónde dormir.

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