Cuando Álvaro volvió a acercarse a la mesa, ya no estaba intentando entender solamente por qué sus padres habían pasado frío. Había salido de aquel cuarto con una nota doblada en el bolsillo y con la certeza de que la historia que Marta llevaba meses contándole tenía demasiados huecos.
Iván seguía sentado junto a Marta, como si aquella cena fuera completamente normal.
Álvaro se quedó unos segundos detrás de la puerta antes de acercarse.

No quería que supieran todavía que él había escuchado a su padre.
Tampoco quería que vieran la nota.
La dobló otra vez y la guardó en el bolsillo interior de su chamarra.
Después miró la muñeca de Iván.
El reloj de acero de Joaquín seguía ahí.
Álvaro lo reconoció de inmediato porque había elegido ese reloj con su padre años atrás.
Había sido el primer regalo importante que pudo comprarle después de empezar a trabajar.
Joaquín casi nunca se lo quitaba.
Y ahora estaba en la muñeca de otro hombre.
Marta levantó la copa y lo miró con una expresión tranquila.
—¿Ya llegaste? —preguntó.
Álvaro no respondió a la pregunta.
Señaló el reloj.
—¿De dónde salió eso?
Iván bajó la mirada hacia su muñeca.
Por primera vez desde que Álvaro había entrado en la casa, pareció incómodo.
Marta intervino antes de que pudiera contestar.
—Papá ya no lo usaba.
Álvaro miró hacia la cocina.
—Él nunca dijo eso.
Marta dejó la copa sobre la mesa.
—Está confundido. Ya te lo expliqué.
Era la misma explicación que había recibido por mensaje cinco minutos después de intentar hablar con su padre.