«Tenlo si quieres, pero para mí ese niño no existe», dijo el cirujano antes de dejarme embarazada y sola con un sobre de dinero. Durante meses no lo llamé ni le pedí un peso. Solo envié una fotografía al hospital el día de una cirugía importante. Cuando la vio junto a una imagen de su propia infancia, pidió que otro médico ocupara su lugar… y nadie entendía por qué.

Salgado le había dado acceso a operaciones, congresos, investigaciones y una subespecialidad que podía abrirle las puertas de grandes hospitales.

Cuando se enteró de Mariana, lo llamó.

—O vuelves con Fernanda y terminas esa aventura, o te quedas sin mi respaldo, sin proyecto y sin futuro en mi equipo.

Gabriel pidió una semana.

Fue exactamente la semana en que Mariana descubrió su embarazo.

—Él sabía que iba a regresar a México —dijo Teresa—. El dinero del sobre me lo pidió a mí. Me dijo que era para “dejar resuelto un asunto”.

Mariana sintió rabia.

—Entonces no me abandonó porque no quería a la niña.

Teresa negó.

—Te abandonó porque quiso conservar su carrera.

—Eso es peor.

—Lo sé.

Antes de irse, Teresa sacó una vieja fotografía. Era Gabriel recién nacido. Sobre su sien derecha se veía una pequeña marca curva, parecida a una media luna.

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