—La tenía su padre y también su abuelo. Pensé que algún día tu hija quizá querría tener algo de su historia.
Dos semanas después, Mariana tuvo un ultrasonido de alta resolución en Guadalajara.
La doctora giró la pantalla.
—Mira, ya se ve muy bien el perfil.
Mariana dejó de respirar.
La frente. La nariz. La forma del labio.
Era casi el mismo perfil de aquella fotografía.
Pidió una impresión. En casa puso ambas imágenes juntas.
Doña Rosa se llevó una mano a la boca.
—Son idénticos.
Mariana no llamó a Gabriel.
Metió las dos fotos en un sobre y las envió al hospital de Guadalajara.
“Para el doctor Gabriel Ortega. Personal.”
Gabriel lo recibió minutos antes de una cirugía.
Abrió el sobre. Comparó las imágenes una, dos, tres veces.
Entró al quirófano sin decir nada.
La enfermera le puso el bisturí en la mano.
Y por primera vez, sus dedos comenzaron a temblar.
El bisturí cayó al piso.
—Doctor, ¿está bien?
Gabriel miró su propia mano.
—Que entre el cirujano de respaldo. Hoy no puedo operar.
Esa noche manejó hasta Arandas y pasó horas dentro del auto frente al hospital.
Al amanecer vio salir a Mariana, ya con ocho meses de embarazo.
—Vine porque fui un cobarde —dijo.
—No. Viniste porque por fin viste lo que intentaste borrar.
—Quiero arreglarlo.
—Entonces escucha. La verdad completa. Sin sobres. Sin abogados. Sin tu madre hablando por ti. Y ser el padre de mi hija no te devuelve automáticamente el derecho de ser mi pareja.
Gabriel asintió.
—Acepto.
Mariana lo sostuvo con la mirada.
—Todavía no sabes cuánto te va a costar decir eso.
Porque en Guadalajara, esa misma mañana, el doctor Héctor Salgado ya sabía que Gabriel había abandonado su primera cirugía en años.