«¿Estás completamente segura?»
Miré a Sophia.
Todavía sostenía el collar de papel que había hecho para su padre. Un poco de brillantina se le había pegado a las mejillas. No dejaba de mirar hacia los ascensores, esperando que las puertas se abrieran para poder correr a los brazos de Dominic.
Sentí un nudo en el pecho.
—Nunca he estado más segura.
Victor no hizo ninguna otra pregunta.
—De acuerdo.
Su voz se volvió completamente profesional.
—Dame diez minutos.
La llamada terminó.
Chloe soltó una carcajada.
—Bueno, ¿se canceló tu transporte?
Guardé el teléfono en el bolso.
—No.
—Me sorprende —dijo—. Lo estás tomando mejor de lo que esperaba.
—Suelo hacerlo.
Frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué significa eso?
—Significa que nunca tomo decisiones importantes cuando estoy alterada emocionalmente.
A nuestro alrededor, los invitados continuaban entrando al gran salón del hotel. Las enormes lámparas de cristal se reflejaban sobre los brillantes suelos de mármol mientras los fotógrafos recibían a los ejecutivos que llegaban acompañados de sus parejas.
Sophia levantó la mirada hacia mí.
—Mamá… ¿todavía vamos a ver a papá?
Me arrodillé junto a ella.
—Sí, cariño.
—¿Cuándo?
—Muy pronto.
Volvió a sonreír.
Los niños recuperan la esperanza con una facilidad que los adultos olvidamos.
Justo entonces, las puertas del ascensor se abrieron.
Dominic salió vestido con un impecable esmoquin negro.
Se veía exactamente como el día de nuestra boda.
Seguro de sí mismo.
Apuesto.
Y completamente ajeno a que su vida estaba a punto de cambiar.
Su brazo izquierdo rodeaba cómodamente a una hermosa mujer con un elegante vestido verde esmeralda.
Con la mano derecha sostenía el hombro de un niño de no más de siete años.