Part 2
El cerrajero que llamé esa misma tarde tardó menos de veinte minutos en confirmar algo peor.
—Señora, esto no fue sólo cambiar el cilindro. También reprogramaron el teclado y reemplazaron el receptor de la puerta lateral.
—¿Eso se puede hacer sin ser propietario?
El hombre se encogió de hombros.
—Si alguien presenta una orden de servicio y paga, muchos no hacen demasiadas preguntas.
Mientras trabajaba, yo permanecí sentada en la banqueta, con la escritura doblada dentro de mi bolso y una sensación de vergüenza que no tenía sentido.
Era mi casa.
Yo era la víctima.
Y aun así me sentía como si hubiera permitido algo imperdonable.
Raquel llegó desde Querétaro esa noche.
Entró cargando una bolsa con tortas y dos cafés.
—No te vas a quedar sola.
La cocina olía a pintura fresca. Afuera pasaba el camión del gas tocando su campana. En una casa cercana sonaba un partido de futbol demasiado alto.