PARTE 2
Mariana no firmó.
Devolvió el convenio al despacho con una nota:
“No necesito que compren el silencio de mi hija.”
Los meses siguientes fueron duros. Con medio sueldo, el embarazo avanzado y una madre pensionada, cada gasto se apuntaba en una libreta: gas, tortillas, consultas, vitaminas, pañales.
Josefina, una partera veterana del hospital, comenzó a ayudarla.
—La vergüenza le toca a quien abandona, no a quien se queda —le dijo.
Mariana intentó creerle.
Hasta que apareció una mujer desconocida afuera del hospital.
—¿Mariana López?
—Sí.
—Soy Teresa Ortega. La mamá de Gabriel.
Mariana endureció la expresión.
—Si viene a convencerme de firmar, perdió el viaje.
—Vengo porque ya me cansé de proteger a mi hijo de las consecuencias de ser cobarde.