Yo llegué 4 horas antes y encontré mi mansión llena de niños desconocidos celebrando con mi hija. Mientras Lucía repartía su tarta, mi madre sentenció fría que la cuidadora la estaba usando. Escuché: ‘No es de la familia’. No discutí, me quité la chaqueta y dije que la fiesta seguía, hasta que vi la carpeta azul con 27 nombres.

Una noche de tormenta, Lucía apareció en la puerta de su despacho.

Antes, él habría llamado a Marta.

Esta vez cerró el portátil.

—¿La canción de mamá?

Lucía asintió.

Alejandro tardó en recordar la melodía. La voz se le quebró, pero siguió cantando.

Marta lo oyó desde el pasillo y no entró.

Aquel momento pertenecía a padre e hija.

Casi 1 año después de aquella fiesta, la fundación organizó una jornada para más de 100 niños en un espacio municipal. Había familias, voluntarios, monitores y todas las medidas necesarias. Lucía, ya con 6 años, repartía coronas de cartón.

Un periodista local preguntó a Alejandro por qué había creado el proyecto.

Él miró a Marta, que ayudaba a una niña con las velas de una tarta. Después miró a Lucía.

—Porque durante mucho tiempo confundí dar cosas con estar presente.

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