mi hija podía haber sobrevivido.
Tal vez incluso había vivido todos esos años creyendo que yo estaba muerto.
Entonces escuché un golpe en la puerta principal.
Me levanté lentamente.
Eran casi las once de la noche.
Mi sobrino estaba en la cocina.
—¿Esperas a alguien? —pregunté.
Negó con la cabeza.
Caminé hasta la entrada.
Abrí.
No había nadie.
Solo un sobre blanco colocado sobre el felpudo.
No tenía sello.
No tenía dirección.
Solo una frase escrita a mano:
“Deje de buscar.”
Sentí un escalofrío.
Abrí el sobre.
Dentro había una fotografía reciente.
Una mujer de aproximadamente cuarenta años estaba sentada frente a un café.
Tenía el cabello oscuro.
Los mismos ojos que Clara.
Y una pequeña cicatriz sobre la ceja izquierda.
La reconocí inmediatamente.
Era una cicatriz que mi hija se había hecho cuando tenía seis años, al caer de una bicicleta.
Debajo de la fotografía había una frase:
“Elena está viva.”
Me quedé completamente inmóvil.
Cuarenta años después…
por primera vez tenía una prueba de que mi hija no había muerto en aquel puente.
Pero en la parte inferior de la fotografía había una segunda línea.