El primer día que entré al comedor de la prisión, más de cien mujeres dejaron de hablar durante unos segundos. Yo llevaba una bandeja de plástico entre las manos y todavía no sabía dónde podía sentarme. Entonces una mujer enorme, con una cicatriz que le cruzaba la ceja izquierda y dos internas caminando detrás de ella, se levantó de una mesa del fondo. Nadie tuvo que decirme quién era. Marta “La Loba” Salcedo, la reclusa a la que incluso algunas custodias preferían no provocar, caminó directamente hacia mí, tomó mi bandeja y la colocó frente a ella.
—La nueva come cuando yo digo —sentenció.
Esperaba que yo suplicara. Que bajara la cabeza. Que intentara recuperar la comida y terminara haciendo el ridículo frente a todas. Pero cuando levantó la tapa del pequeño recipiente y vio el pan que yo había dejado a un lado, su expresión cambió. Después miró nuevamente mi rostro. El color desapareció de su cara.
—¿Cómo te llamas? —preguntó.
—Claudia Herrera.
La bandeja se le resbaló de las manos.
Por primera vez en muchos años, según me contaron después, La Loba parecía tener miedo.
📌 IMPORTANTE: El video relacionado a esta historia lo encontrarás al final del artículo.
Mi nombre es Claudia.
Tenía cuarenta y seis años cuando fui condenada.
Hasta ese momento había tenido una vida completamente normal.
Demasiado normal, quizá.
Trabajaba como contadora.
Estaba divorciada.
Tenía una hija universitaria.
Nunca había sido arrestada.
Nunca había entrado a una comisaría salvo para realizar un trámite.
Y de repente me encontraba dentro de una prisión para mujeres cumpliendo una sentencia de cuatro años.
No voy a decir que fui completamente inocente.