Beatriz tardó más en aceptar el cambio. Seguía convencida de que Marta había cruzado una línea y temía que otras personas utilizaran la generosidad de Lucía para acercarse a la familia. Alejandro reconoció que una parte de ese miedo era razonable. Por eso estableció protocolos, trabajó solo con entidades acreditadas y no volvió a abrir su casa a un grupo sin planificación.
Pero puso un límite.
—Proteger a Lucía no significa enseñarle a desconfiar de todo el mundo.
Meses después, Beatriz apareció en una actividad con 3 cajas de libros infantiles. Insistió en que solo estaba “echando una mano”. Nadie discutió con ella.
“Días que cuentan” creció despacio. La primera celebración oficial se hizo en un centro comunitario de Vallecas. Luego llegaron actividades en Carabanchel, Getafe y Alcalá. Alejandro rechazó empresas que exigían colocar su logotipo junto a cada niño. Había aprendido que la dignidad valía más que una fotografía corporativa.