Abandonada en pleno parto de gemelos, le abrí la puerta a la única persona que mi marido jamás esperó.
El timbre volvió a sonar.
Ding-dong.
Por un instante, pensé que lo había imaginado. El dolor tenía la capacidad de distorsionar el mundo, transformando las sombras en movimiento y el silencio en sonido. Pero entonces un puño golpeó la puerta principal: tres golpes firmes y urgentes.
—¿Hola? —preguntó una mujer desde afuera—. ¿Emily? ¿Estás ahí?
Abrí los ojos de golpe.
Reconocí esa voz.
Era la señora Álvarez, la vecina de enfrente.Tenía casi setenta años, era una enfermera escolar jubilada con el pelo plateado siempre recogido con esmero en la nuca y un jardín que florecía antes que el de cualquier otro vecino de la cuadra. Me había traído sopa dos veces durante mi embarazo y una vez le advirtió a Ryan que los escalones de la entrada necesitaban sal después de una lluvia helada.
Intenté responderle.
No salió nada.
Me asaltó otra contracción y me incliné hacia adelante, agarrando el cojín del sofá con tanta fuerza que mis uñas se clavaron en la tela.
—¿Emily? —volvió a llamar, con voz más cortante—. Cariño, oí gritos.
Me obligué a respirar.
—Ayuda —logré decir, apenas un susurro.
Hubo silencio.
Luego se oyó el ruido del pomo de la puerta al traquetear.
“Emily, la puerta está cerrada con llave.”
Por supuesto que sí. Ryan la había cerrado con llave tras de sí.
Giré la cabeza hacia la mesa de centro. Mi teléfono no estaba allí. Ahora recordaba: lo había dejado cargando arriba, en la mesita de noche. Era como si estuviera al otro lado del océano.
—¡La llave! —exclamé, sin aliento.