Su voz se escuchaba tranquila.
—Entramos el sábado. Para cuando Clara reaccione, ya tendremos todo dentro. Después será cuestión de cansarla.
Cuando escuché eso frente a mi abogada, no lloré.
Sólo respiré profundamente.
Durante veintisiete años, Mauricio había contado con mi agotamiento.
Ésa había sido su estrategia favorita.
Cansarme hasta que dijera sí.
Cansarme hasta que dejara de preguntar.
Cansarme hasta que aceptara una versión de la realidad más cómoda para él.
Esta vez no funcionó.
Dos meses después recibí una llamada de Paola.
Ella se había separado de Mauricio.
—No quiero que pienses que te llamo para pedir perdón y quedar bien —me dijo—. Sólo quería decirte que encontré algo.
Me envió una fotografía de una libreta.
Había fechas, gastos y anotaciones.
Junto a la dirección de mi casa aparecía una frase: