Brandon dejó caer las llaves sobre la mesa.
—¿Qué ha pasado aquí?
No respondí.
Siguió mirando alrededor.
La casa estaba limpia.
Los biberones estaban lavados.
La ropa de las niñas estaba doblada.
Las cunas estaban preparadas.
Pero había algo diferente.
Su maleta seguía en el armario.
Y sobre la mesa del comedor había tres sobres.
Brandon los miró.
—¿Qué es eso?
—Tu correo.
—¿Por qué está separado?
—Porque ya no vivimos como antes.
Frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Lo miré directamente.
—Significa que durante cuatro días tuve mucho tiempo para pensar.
Él soltó una pequeña risa.
—¿Pensar en qué?
—En nosotros.
Su sonrisa desapareció.
—¿Estás enfadada porque me fui a pescar?
—No.
—Entonces, ¿cuál es el problema?
Respiré profundamente.
—El problema es que te fuiste creyendo que me estabas dejando a cargo de nuestras hijas.
Hice una pausa.
—Pero no.
—¿No?
—Me dejaste a cargo de tu responsabilidad también.
Se quedó callado.
—Necesitabas descansar —continué—. Lo entiendo. Pero yo también necesitaba descansar.
—Te dije que volvería en cuatro días.
—Y volviste.
—Entonces, ¿qué quieres?
Señalé los sobres.
—Quiero que los abras.
Brandon tomó el primero.
Era una factura.
El segundo era un documento de mi abogado.
El tercero era un sobre de una inmobiliaria.
Su expresión cambió.
—¿Qué es esto?
—Nuestro contrato de la casa.
Me miró confundido.
—¿Por qué tienes una copia?
—Porque durante estos cuatro días descubrí algo que no sabía.
—¿Qué?
—La casa está a mi nombre.
Silencio.
Brandon parpadeó.
—¿Qué?
—La compré antes de casarnos.
—Pero vivimos aquí juntos.
—Sí.
—Yo pagué parte de la hipoteca.
—Lo sé.
Su voz comenzó a subir.
—Entonces no puedes simplemente decidir que esta es tu casa.
—No estoy diciendo eso.
Saqué otro documento.