Silencio.
—Creo que sí. Pero sólo porque él preguntó si necesitabas ayuda. Yo pensé…
—No pasa nada, hija. Sólo dime todo.
Lucía comenzó a llorar.
—Papá me pidió la dirección para mandarte unas flores. Yo se la di.
Me apoyé contra una pared.
No estaba enojada con ella.
Mauricio llevaba décadas utilizando información aparentemente inocente para abrir puertas.
La notaría negó haber entregado documentos a terceros.
Pero al revisar sus registros encontraron que, cuatro días antes de la mudanza, un hombre había preguntado por una copia simple alegando representar a “la familia de la compradora”.
No se la dieron.
Entonces, ¿cómo consiguió la escritura?
La respuesta llegó esa noche.
Don Ernesto llamó a mi puerta.
—Señora Clara, encontré esto en mi cámara.
Su cámara apuntaba parcialmente hacia mi entrada.
En una grabación del jueves aparecía Mauricio hablando con una mujer junto a un automóvil.
La mujer llevaba una carpeta azul.
La reconocí.
Era Verónica, una antigua empleada administrativa de la empresa donde Mauricio había trabajado.
Yo la había visto varias veces en cenas y reuniones.
El audio era débil, pero una frase se escuchaba con claridad.
—Con esto basta para demostrar que tengo autorización —dijo Mauricio.
Luego añadió:
—En cuanto llevemos dos semanas viviendo ahí, será mucho más difícil que nos saquen.
Sentí las manos heladas.
Raquel, que estaba conmigo, susurró:
—Eso era el plan.
No querían quedarse unos días.
Querían instalarse, crear la apariencia de posesión y obligarme después a iniciar un proceso largo para recuperar mi propia casa.
Por primera vez comprendí por qué habían cambiado las cerraduras tres días antes.
No era comodidad.
Era control.
Presentamos la nueva grabación.