No me dolió que los llevara.
Me dolió que los hubiera usado mientras me quitaba la casa.
Guardé la fotografía.
Después abrí la carpeta.
La primera revisión confirmó lo que ya sabía: los documentos que yo había conservado no contenían una autorización reciente para vender la propiedad.
Pero faltaba saber qué habían presentado ellos.
Y ahí apareció el verdadero problema.
Había un documento que yo no reconocía.
No era la escritura original.
No era el papel que Richard y yo habíamos firmado años atrás.
Era una copia.
Tenía mis datos.
Tenía la referencia de la propiedad.
Y tenía una firma que pretendía ser mía.
La miré durante mucho tiempo.
No necesitaba ser experta para saber que aquella firma no era la que yo utilizaba.
Mi nombre podía estar escrito correctamente.
Mi casapodía estar descrita correctamente.
Pero una cosa no convertía a la otra en verdadera.
Llamé de nuevo.
La persona que estaba revisando conmigo la documentación no hizo una acusación precipitada. Solo comparó los papeles que yo tenía con el documento que Daniela había mencionado.
Entonces apareció el primer dato que cambió la historia.
La copia no coincidía con el documento que yo conservaba.
No por una palabra aislada.
Por la forma en que se había incorporado mi supuesto consentimiento.
La pregunta dejó de ser «¿por qué Daniela vendió la casa?».
Ahora era otra.
«¿Quién necesitaba que pareciera que yo había autorizado la venta?»
Llamé a Daniela.
No contestó.
Le envié un mensaje.
«Necesito que me digas quién te dio ese documento.»
Tardó casi una hora en responder.