Durante años él había usado mi confianza.
Ahora estaba intentando usar hasta mi firma.
Y por primera vez tuve miedo de que no se detuviera.
Pero también, por primera vez, tenía pruebas de casi todo.Part 3
Las siguientes semanas fueron las más extrañas de mi vida.
No hubo escenas espectaculares ni venganzas.
Hubo trámites.
Declaraciones.
Copias certificadas.
Horas en oficinas.
Cafés fríos.
Llamadas con abogados.
Y noches en las que me despertaba a las tres de la mañana pensando que alguien estaba tratando de abrir la puerta.
Instalé nuevas cámaras.
Cambié cada cerradura.
Puse iluminación en el jardín y pedí a don Ernesto que me avisara si veía cualquier movimiento extraño.
Él respondía siempre igual:
—Para eso somos vecinos.
Paola declaró lo que sabía.
Entregó mensajes donde Mauricio aseguraba que yo les había cedido la casa y otros donde, días antes, decía:
“Clara no pelea. Si ya estamos adentro, lo aceptará.”
Aquella frase me dolió.
No porque fuera cruel.
Sino porque durante muchos años había sido cierta.
Mauricio conocía perfectamente a la mujer con la que había estado casado.
Lo que no conocía era a la que estaba naciendo después del divorcio.
Verónica admitió haber conseguido copias de información vieja aprovechando documentos que todavía conservaba de la antigua empresa. También confesó que Mauricio le había pedido preparar una autorización “por si hacía falta demostrar consentimiento”.
Nunca llegó a firmarse.
Pero la intención quedó registrada.
El proceso legal siguió su curso.
Mauricio tuvo que responder por el acceso no autorizado, el cambio de cerraduras y el uso de documentos personales. Su abogado intentó presentar todo como una disputa entre exesposos.