El tercer día, cuando salía del mercado con una bolsa de fruta y tortillas, recibí un mensaje suyo.
“Si sigues con esto, todos van a salir perjudicados.”
No respondí.
Horas después, mi hija Lucía me llamó desesperada.
—Mamá, papá dice que tú estás tratando de meterlo a la cárcel.
—Estoy intentando proteger mi casa.
—Dice que fue un malentendido.
—Lucía, tengo grabaciones.
Silencio.
Después escuché su respiración quebrarse.
—También dice que tú sabías que necesitaba un lugar porque perdió dinero.
Eso sí era nuevo.
Mauricio siempre había presumido estabilidad.
Al investigar un poco descubrimos que él y Paola habían entregado anticipos para un departamento que jamás pudieron terminar de pagar. Tenían deudas, tarjetas atrasadas y una demanda mercantil.
Entonces todo encajó.
Mi casa no era un refugio temporal.
Era su salida de emergencia.
Esa misma noche escuché un golpe en el jardín.