Cuando nació Claire, Harold estuvo allí.
Y años después, cuando nació Sophie, también la conoció.
Entonces llegué al párrafo que más me dolió.
«Cada vez que volvía a casa después de verlos, quería contártelo.»
«Muchas noches estuve a punto de despertarte y decirte la verdad. Pero cuanto más tiempo esperaba, más difícil se volvía. Al principio temía hacerte daño. Después empecé a temer que me preguntaras por qué había esperado tantos años. Y no tenía una respuesta que pudiera justificarlo.»
Bajé la carta.
—Cobarde —susurré.
Thomas escuchó la palabra.
No intentó defenderlo.
—Él mismo decía eso.
Lo miré.
—¿Nunca le dijiste que debía contármelo?
Thomas soltó una pequeña sonrisa triste.
—Cientos de veces.
Aquello me sorprendió.
—¿Y entonces?
—Siempre respondía: “Mañana”.
Mañana.
La palabra que tantas veces utilizamos cuando creemos que todavía nos queda tiempo.
Harold había tenido miles de mañanas.
Hasta que dejó de tenerlas.
Continué leyendo.
«Cuando el médico me dijo que mi corazón estaba empeorando, comprendí que podía morir sin encontrar el valor para decírtelo cara a cara. Por eso preparé esta caja.»
«Pero había una última cosa que necesitaba hacer.»
Miré la fotografía doblada que acompañaba la carta.
La abrí.
Y entonces lo entendí.
Era una fotografía tomada pocos meses antes.
Harold estaba sentado en nuestro jardín.
A su lado estaba Sophie.
La niña del funeral.
Ambos sostenían una pequeña caja azul.
Reconocí inmediatamente el objeto.
Era el antiguo estuche de terciopelo que tenía delante de mí.
Lo abrí.
Dentro había un anillo.
No era caro.
Era pequeño, antiguo y estaba bastante desgastado.