—Bruno me explicó por qué.
Alejandro frunció el ceño.
—¿Qué dijo?
—Que cuando haces que alguien se vaya, al menos sabes cuándo ocurrirá.
Alejandro quedó en silencio.
Elena continuó:
—Perdieron a su madre sin poder elegir nada. Después tú comenzaste a contratar adultos que desaparecían cada pocas semanas. Ellos descubrieron una forma de controlar la historia.
—¿Portándose mal?
—Provocando el final antes de que el final pudiera sorprenderlos.
Alejandro miró hacia las escaleras.
Por primera vez pareció comprender que sus hijos no estaban intentando destruir su casa.
Estaban intentando protegerse.
El miércoles por la mañana llegó el último día del contrato.
No hubo bromas.
No desapareció nada.
El desayuno fue tan silencioso que Elena prefería la sal en el café.
Leo preguntó 2 veces a qué hora se marcharía.
Daniel se encerró con un libro.
Bruno respondió con monosílabos.
Mateo ni siquiera la miró.
Alejandro encontró a Elena preparando sus cosas.
—Quédate.
—No puedo hacerlo de cualquier manera.
—Te duplicaré el sueldo.
—No hablo de dinero.
Aquello era casi absurdo porque había llegado precisamente por dinero.
Pero ya no era la cuestión.
—Si me quedo, no será para impedir que tus hijos rompan cosas mientras tú sigues desapareciendo en reuniones.
Alejandro endureció la mandíbula.
—Tengo una empresa que dirigir.
—Y 4 hijos que llevan años calculando si llegarás a cenar.
—Vivo aquí.
—Eso es una dirección. No significa que estés presente.
La frase le dolió.
Elena no retrocedió.
Le pidió algo concreto.
1 desayuno fijo cada semana.
1 tarde únicamente para ellos.
10 minutos cada noche cuando estuviera en Madrid.
Si iba a faltar, debía avisar.
Nada de promesas imposibles.
Solo rutinas que pudiera cumplir.
Y había otra condición.
La puerta del ala oeste debía abrirse.