—¿Dónde está Martina? —preguntó.
—Le di la tarde libre. Esto lo estropeé yo solo.
Lucía dejó la maleta junto a la puerta.
—No tengo hambre.
—No voy a pedirte que te quedes. Solo quiero contarte la verdad.
Le mostró la nota de Pilar, los registros informáticos y la recomendación falsa. Lucía leyó todo sin alterar el gesto.
—Puedo hacer que cancelen el traslado —dijo él—. Pero no lo haré si tú no lo pides.
—No lo pido.
La respuesta le dolió, aunque asintió.
Álvaro confesó también lo de Clara: el alojamiento, las invitaciones, el plan para apartarla de las acciones. Lucía dejó los papeles sobre la mesa.
—Tu madre abrió la puerta, Álvaro. Tú fuiste quien me empujó hacia fuera cada día.
—Lo sé.
No se defendió. No culpó al duelo, a Clara ni al matrimonio concertado. Por primera vez enumeró cada daño sin añadir una excusa: los cumpleaños olvidados, las llamadas rechazadas, las noches en que Lucía había esperado, la ocasión en que su avión perdió presión hidráulica y él respondió “si aterrizaste, no pasó nada”.
—Llegué a creer que no necesitabas a nadie —murmuró.
—Aprendí a no necesitarte porque depender de ti dolía demasiado.
Álvaro sacó del bolsillo un pequeño estuche. Lucía retrocedió.
—No quiero otra joya.
—No lo es.
Dentro estaban las alas de comandante de su padre, desaparecidas desde que cerraron el viejo aeroclub de Cuatro Vientos. Álvaro había recorrido almacenes y archivos hasta encontrarlas en una caja sin reclamar.
—No es un motivo para quedarte —dijo—. Es para que recuerdes quién eras antes de empezar a conformarte conmigo.
Lucía sostuvo la insignia con dedos temblorosos. Lloró, pero no cambió de decisión.