Pero lo más extraño no era el tamaño.
Era el silencio.
Nadie me gritaba.
Nadie me daba órdenes.
Nadie me decía que mi existencia era menos importante que la de otra persona.
No sabía cómo comportarme en un lugar donde no tenía que pedir permiso para respirar.
Gabriel observaba todo.
Al principio pensó que yo tenía algún plan.
Dinero.