Gabriel Cross no respondió inmediatamente.
Solo miró al bebé.
Era extraño.
Había visto fotografías suyas en revistas: reuniones con empresarios, entrevistas, eventos de gala.
Siempre tenía la misma expresión.
Fría.
Controlada.
Impenetrable.
Pero en ese momento, frente a un recién nacido envuelto en una manta sencilla, algo en él cambió.
No mucho.
Solo un segundo.
Pero lo vi.
Miedo.
—¿Quién eres? —preguntó finalmente.
Su voz volvió a ser fría.
—Sofía Torres.
—¿Y por qué tienes a mi hijo?
La pregunta me hizo sonreír sin humor.
—Porque su madre decidió que yo debía criarlo.
El rostro de Gabriel se endureció.
—¿Valeria?
Asentí.
El silencio que siguió fue suficiente.
Él ya entendía.
Gabriel caminó hacia el escritorio.
Tomó su teléfono.
—Llama a una prueba de ADN.
Uno de sus asistentes asintió.
Yo no me moví.
Porque sabía que llegaría ese momento.
Un hombre como Gabriel Cross no podía aceptar una verdad así solo porque una desconocida apareciera en su oficina con un bebé.
Necesitaba pruebas.
Y yo no tenía problema con eso.
—Hazla.
Lo miré.
—Pero mientras esperan los resultados, el niño necesita cuidados.
Sus ojos volvieron a mí.
—¿Estás diciendo que sabes cuidar a mi hijo?
Negué.
—No.
Pausa.
—Estoy diciendo que sé cuidar a un bebé que nadie más quiso cuidar.
Por primera vez, pareció quedarse sin respuesta.
La prueba tardó varios días.
Durante ese tiempo, Gabriel no me dejó volver a la casa de mi familia.
No porque confiara en mí.
Sino porque, según él:
—No voy a permitir que mi hijo desaparezca otra vez.
Así terminé viviendo en una habitación de invitados de la residencia Cross.
Era más grande que toda la casa donde había vivido durante dieciocho años.