PARTE 1
—No te preocupes, amor. Desde donde estás, ya no puedes acusarme de nada.
Héctor Salgado murmuró esas palabras junto al ataúd de su esposa mientras empresarios, empleados y periodistas esperaban su turno para despedirse de ella en un panteón privado de la Ciudad de México.
Adriana Montes tenía cuarenta y dos años y había levantado desde cero una exitosa cadena de hoteles boutique. Para todos, era una mujer brillante. Para Héctor, llevaba años siendo la persona que lo hacía sentirse pequeño.
Él se inclinó como si fuera a besarle la frente y deslizó la mano bajo el encaje del vestido funerario.
Buscaba su celular.
Adriana lo llevaba entre las manos.
Héctor apretó la mandíbula. El aparato estaba protegido y ahí, según ella misma había dicho meses atrás, guardaba notas sobre movimientos financieros y conversaciones con abogados.