PARTE 1
—No te preocupes, amor. Desde donde estás, ya no puedes acusarme de nada.
Héctor Salgado murmuró esas palabras junto al ataúd de su esposa mientras empresarios, empleados y periodistas esperaban su turno para despedirse de ella en un panteón privado de la Ciudad de México.
Adriana Montes tenía cuarenta y dos años y había levantado desde cero una exitosa cadena de hoteles boutique. Para todos, era una mujer brillante. Para Héctor, llevaba años siendo la persona que lo hacía sentirse pequeño.
Él se inclinó como si fuera a besarle la frente y deslizó la mano bajo el encaje del vestido funerario.
Buscaba su celular.
Adriana lo llevaba entre las manos.
Héctor apretó la mandíbula. El aparato estaba protegido y ahí, según ella misma había dicho meses atrás, guardaba notas sobre movimientos financieros y conversaciones con abogados.
—¿Lo encontraste? —susurró Lorena Ruiz a su espalda.
Lorena había sido la asistente personal de Adriana. También era amante de Héctor desde hacía casi dos años.
—Sí, pero no puedo desbloquearlo.
—Déjalo. Ya está muerta.
Héctor sonrió.
Durante casi un año, Adriana había sufrido mareos, desmayos, confusión y una debilidad que ningún médico explicaba. Su esposo fingía estar devastado. Nadie sabía que muchos síntomas aparecían después del té que él le preparaba por las noches.
Tampoco sabían que Lorena repetía la dosis en la oficina.
Cuando Adriana cayó en coma, el doctor Mauricio Beltrán, conocido de Héctor, certificó una falla cardiaca relacionada con su deterioro. El funeral se organizó de inmediato.
Esa noche, Héctor descorchó champaña en su casa de Lomas de Chapultepec.