Lily apretó los labios.
—Dice que tiene que enseñarte cómo me porto cuando tú no estás.
Marcus sintió un peso helado en el pecho.
Su primera esposa, Hannah, había fallecido cuatro años antes tras una enfermedad que avanzó con una rapidez devastadora. Durante mucho tiempo, Marcus había vivido exclusivamente para Lily. El trabajo, llevarla al colegio, preparar cenas sencillas, contarle cuentos antes de dormir y responder preguntas que ninguna niña debería tener que hacer a una edad tan temprana.
Cuando Sarah apareció en su vida, pareció comprenderlo todo. Nunca le pidió que quitara las fotografías de Hannah. Nunca se quejó cuando Lily hablaba de su madre. Incluso acompañaba a la pequeña cada año a dejar flores junto a su abuela, Evelyn.
Marcus había confundido aquella paciencia con bondad.
—¿Sarah te ha dicho algo más?
Lily volvió a mirar hacia la cocina.
—Que algún día entenderás que necesito vivir en otro sitio.
Marcus tragó saliva.
—¿Dónde?
—No lo sé. Dice que, si te cuento lo del zumo, tú creerás sus vídeos y pensarás que me lo estoy inventando.
Marcus tuvo que contenerse para no entrar directamente en la cocina.
Entonces Lily añadió:
—También habla con Julian.
El nombre no le sonaba de nada.
—¿Quién es Julian?
—Un hombre que viene algunas veces cuando tú estás fuera. Hablan de la casa de mamá en la playa.
Marcus dejó de respirar durante un segundo.
La propiedad estaba en Martha’s Vineyard. Había pertenecido a la abuela de Hannah y, después de una compleja reorganización de un fideicomiso familiar, había quedado vinculada a una sociedad en la que la mayoría de las participaciones pertenecían a Lily. Marcus debía administrar esos bienes hasta que ella alcanzara la mayoría de edad. La propiedad frente al mar estaba valorada en más de seis millones de dólares.