El documento quedó sobre la mesa, frente a Valeria, mientras del otro lado del teléfono Diego exigía saber por qué su tarjeta había dejado de funcionar en Cancún.
Su abogado no le dijo qué hacer.
Solo señaló la última página y le recordó que la decisión seguía siendo de ella.
Valeria miró el espacio reservado para su firma.
Dos días después de casarse, su esposo había usado una tarjeta adicional para comprar cuatro boletos de avión y convertir su luna de miel en vacaciones familiares sin preguntarle.
Ahora estaba a cientos de kilómetros, acompañado por su madre y su hermana, y acababa de descubrir que el dinero de Valeria no era una extensión automática de su matrimonio.
—¿Valeria? —repitió Diego por teléfono—. ¿Me estás escuchando?
Ella acercó el celular.
—Sí.
—Entonces arregla esto. La tarjeta está bloqueada y tenemos que pagar el traslado al departamento.
Valeria observó la hoja frente a ella.
No había pedido que bloquearan temporalmente la tarjeta.
La había cancelado.
La diferencia importaba.
—No voy a arreglarla —respondió.
Diego guardó silencio apenas un segundo.
Luego su voz cambió.
—No hagas berrinches. Estamos aquí por culpa de tus dramas y mi mamá está cansada.
Detrás de él se escuchó a doña Carmen preguntando si ya había conseguido una camioneta.
Karla hablaba al mismo tiempo sobre las reservaciones del paseo que quería hacer.
Diego se alejó unos pasos, quizá buscando un rincón desde donde pudiera recuperar el tono que usaba cuando quería convertir una orden en algo supuestamente razonable.
—Mira, cuando regreses hacemos cuentas si quieres. Pero ahorita necesito que me mandes otra tarjeta.
—No.
—¿Cómo que no?
—Como lo escuchaste.
—Soy tu esposo.