Sentí que se me helaban las manos.
Laura llevaba meses enviándole dinero para contratar ayuda.
Y Roberto había decidido que la ayuda sería yo.
Gratis.
Cuando salió del baño tomó su teléfono, vio la transferencia y sonrió.
Yo no dije nada.
Al día siguiente llamé a Laura.
No la acusé.
Sólo pregunté:
—¿Desde cuándo le mandas dinero a Roberto para los cuidados de tu mamá?
Hubo un silencio.
—¿No lo sabías?
—No.
—Claudia… llevo más de un año haciéndolo cuando mamá necesita algo. Cuando tuvo neumonía también le mandé. Y cuando arreglaron su techo.
Sentí una presión en el pecho.
Yo había pasado tardes enteras en aquel hospital.
Yo había buscado a los albañiles.