Parte 2: La casa que ya no podían quitarme

La oficina de Teresa Ríos estaba en el cuarto piso de un edificio antiguo cerca de la avenida Chapultepec.

No era lujosa. Tenía paredes color crema, una recepción pequeña y una planta que parecía haber sobrevivido demasiados inviernos sin agua.

Pero cuando crucé aquella puerta con la carpeta gris apretada contra el pecho, sentí algo que no había sentido en tres años.

No estaba sola.

Teresa era una mujer de cabello corto y gafas delgadas. Tendría unos cincuenta años. No me recibió con lástima ni con frases bonitas.

Me ofreció una silla, puso una caja de pañuelos sobre la mesa y dijo:

—Cuénteme qué ocurrió, desde el principio. Sin minimizar nada.

Eso fue lo más difícil.

No hablar de la bofetada.

Hablar de todo lo que la había hecho posible.

Le conté cómo Arturo murió y cómo Mauricio llegó con Verónica y los niños diciendo que solo necesitaban tiempo. Le hablé de las cuentas que empecé a pagar “por mientras”, de mi contraseña bancaria, de la manera en que mis opiniones se volvieron molestias dentro de mi propia casa.

—¿La casa está a su nombre? —preguntó Teresa.

—Sí. Arturo y yo la compramos antes de que Mauricio se casara. Cuando él murió, quedó solo a mi nombre.

—¿Alguna vez firmó un poder, una donación o un documento de copropiedad?

—No.

Teresa asintió.

—Entonces nadie puede venderla ni administrarla sin su consentimiento válido.

Le entregué las fotos de los documentos. Las revisó una por una.

Su expresión cambió al llegar a la valuación y al borrador de evaluación geriátrica.

—Esto es serio.

—¿Qué significa “evaluación geriátrica”?

Teresa se quitó las gafas.

—Parece que intentaban construir un expediente para afirmar que usted no puede manejar su patrimonio. Con eso, podrían solicitar medidas de apoyo judicial o presionarla para que firme una administración de bienes.

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