Intenté defenderme, murmurando que era una mentira horrible, pero Doña Teresa simplemente sonrió con absoluta satisfacción. Se burló de la memoria de su hijo, declarando que, aunque estuviera muerto, no era tonto, y que su familia siempre había sabido quién era yo en realidad. De repente, Fernanda, la hermana de Julián, se abalanzó sobre mí y me agarró la mano izquierda. Me arrancó la alianza de diamantes con tanta fuerza que me rozó la piel, dejándome una marca roja brillante. Blandió el anillo como un trofeo, declarando que no pertenecía a una desconocida como yo.Mis piernas comenzaron a temblar violentamente bajo el peso de la humillación, y mi bebé, al percibir mi profunda angustia, me pateó violentamente las costillas. Entonces, Doña Teresa asestó lo que ella consideró el golpe de gracia, el golpe fatal. Me informó que debía abandonar la finca esa misma tarde. Las cuentas bancarias quedaron oficialmente congeladas, y cada automóvil, cada propiedad, cada acción de la empresa tecnológica sería devuelta a lo que ella llamaba la “verdadera familia”.
Mientras contemplaba el ataúd silencioso de Julián, me sentí completamente abandonada, suplicando desesperadamente un milagro que me sacara de esta pesadilla. Fue en ese instante de absoluta desesperación que un recuerdo me vino a la mente. Recordé las extrañas y urgentes palabras que Julián me había dicho la mañana anterior a su fatal accidente. Me miró fijamente a los ojos y me dijo que, pasara lo que pasara, debía confiar en su abogado, Arturo, porque él ya había hecho todos los preparativos.
Sin embargo, mientras recorría con la mirada la iglesia abarrotada, Arturo seguía sin aparecer. Doña Teresa se volvió hacia dos imponentes guardaespaldas privados y les hizo señas para que me sacaran del edificio antes de que pudiera dañar aún más su reputación. Los guardias avanzaron, sus botas resonando en el suelo de piedra, dispuestos a arrojar a una viuda embarazada a la calle.