—¿Lo encontraste? —susurró Lorena Ruiz a su espalda.
Lorena había sido la asistente personal de Adriana. También era amante de Héctor desde hacía casi dos años.
—Sí, pero no puedo desbloquearlo.
—Déjalo. Ya está muerta.
Héctor sonrió.
Durante casi un año, Adriana había sufrido mareos, desmayos, confusión y una debilidad que ningún médico explicaba. Su esposo fingía estar devastado. Nadie sabía que muchos síntomas aparecían después del té que él le preparaba por las noches.
Tampoco sabían que Lorena repetía la dosis en la oficina.
Cuando Adriana cayó en coma, el doctor Mauricio Beltrán, conocido de Héctor, certificó una falla cardiaca relacionada con su deterioro. El funeral se organizó de inmediato.
Esa noche, Héctor descorchó champaña en su casa de Lomas de Chapultepec.
—Por fin —dijo Lorena—. Ya no tenemos que escondernos.