“Ni muerta deja de dar problemas”, murmuró mi marido mientras escondía mi celular en el ataúd y su amante sonreía a pocos pasos. Ellos esperaban quedarse con una empresa millonaria después de mi funeral, pero olvidaron algo que yo había firmado un mes antes. Cuando recuperé el sentido, solo pedí papel, mi teléfono y silencio. Horas después, él recibió un mensaje imposible… y todavía faltaba conocer el secreto más grave.

—Quiero que él sepa que sigo viva antes de que lo arresten.

—Eso puede complicarlo.

—No quiero tocarlo. No quiero amenazarlo. Solo quiero mirarlo a los ojos cuando entienda que me enterró viva y fracasó.

Tomás, que permanecía junto a la puerta, habló por primera vez.

—Y yo quiero estar ahí.

Aquella noche, Adriana envió desde su propio número el video que mostraba a Lorena abrazando a Javier en la sala de la casa.

Añadió una frase:

“Mientras tú celebrabas mi muerte, ella ya buscaba al siguiente dueño de mis hoteles.”

Héctor recibió el mensaje cerca de las once.

Cinco minutos después llamó a Lorena.

Ella no contestó.

Entonces fue a la casa.

Lorena estaba ahí recogiendo ropa y documentos.

—¿Desde cuándo estás con Salinas? —preguntó Héctor.

Ella se quedó inmóvil.

—No sé de qué hablas.

Héctor le mostró el video.

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