—Papá…
—No voy a regañarte.
Bajó la cabeza.
—Perdón por la computadora.
—¿Dónde está el dinero?
Sus manos empezaron a temblar.
—Se lo di a mi abuela.
Cerré los ojos.
—¿Todo?
—Sí.
—¿Por qué?
—Me dijo que tu empresa estaba a punto de quebrar y que necesitabas ayuda.
Sentí náuseas.
Me senté para quedar a su altura.
—Mariana, quiero que me digas todo.
Al principio apenas hablaba.
Después las mentiras comenzaron a salir una detrás de otra.
Su abuela le había dicho que yo estaba harto de mantenerla.
Que la enfermedad de su madre había consumido mis ahorros.
Que nadie quería casarse conmigo porque ninguna mujer aceptaría criar a una adolescente ajena.
Que Mariana debía gastar lo menos posible para no convertirse en una carga.
—También decía que estabas decepcionado de mí —susurró.
Saqué el teléfono y le mostré las transferencias.