Fui a la preparatoria preparado para regañar a mi hija por “malgastar” el dinero que le enviaba, pero descubrí que llevaba cinco años registrada como estudiante pobre. “Tu padre ya está cansado de mantenerte”, le habían repetido. No hice una escena: pedí su expediente, saqué mis comprobantes bancarios y encontré un detalle que demostraba que todo había sido planeado.

—Papá…

—No voy a regañarte.

Bajó la cabeza.

—Perdón por la computadora.

—¿Dónde está el dinero?

Sus manos empezaron a temblar.

—Se lo di a mi abuela.

Cerré los ojos.

—¿Todo?

—Sí.

—¿Por qué?

—Me dijo que tu empresa estaba a punto de quebrar y que necesitabas ayuda.

Sentí náuseas.

Me senté para quedar a su altura.

—Mariana, quiero que me digas todo.

Al principio apenas hablaba.

Después las mentiras comenzaron a salir una detrás de otra.

Su abuela le había dicho que yo estaba harto de mantenerla.

Que la enfermedad de su madre había consumido mis ahorros.

Que nadie quería casarse conmigo porque ninguna mujer aceptaría criar a una adolescente ajena.

Que Mariana debía gastar lo menos posible para no convertirse en una carga.

—También decía que estabas decepcionado de mí —susurró.

Saqué el teléfono y le mostré las transferencias.

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