Parte 2: La verdad bajo la cicatriz

El agua de la bañera comenzaba a desbordarse, pero el ruido del chorro parecía distante, ahogado por el pulso acelerado que me retumbaba en los oídos. La medalla de plata con el grabado de una golondrina —desgastada por los años y el roce continuo contra la piel— colgaba frente a mis ojos. Era la misma cadena que mi hermano mayor, Julián, llevaba el día que la corriente del río se lo llevó durante la riada de hace dos décadas.

—¿Qué te pasa? —la voz del señor Bennett sonó dura, pero había una sombra de vacilación en sus ojos oscuros—. Levántate del suelo.

Levanté la vista lentamente, sintiendo cómo las lágrimas me nublaban la visión. Extendí una mano temblorosa, sin atreverme a tocar el metal, solo señalándolo.

—Esta cadena… —logré articular con un hilo de voz—. ¿De dónde la sacaste?

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