El agua de la bañera comenzaba a desbordarse, pero el ruido del chorro parecía distante, ahogado por el pulso acelerado que me retumbaba en los oídos. La medalla de plata con el grabado de una golondrina —desgastada por los años y el roce continuo contra la piel— colgaba frente a mis ojos. Era la misma cadena que mi hermano mayor, Julián, llevaba el día que la corriente del río se lo llevó durante la riada de hace dos décadas.
—¿Qué te pasa? —la voz del señor Bennett sonó dura, pero había una sombra de vacilación en sus ojos oscuros—. Levántate del suelo.
Levanté la vista lentamente, sintiendo cómo las lágrimas me nublaban la visión. Extendí una mano temblorosa, sin atreverme a tocar el metal, solo señalándolo.
—Esta cadena… —logré articular con un hilo de voz—. ¿De dónde la sacaste?
El rostro del hombre se volvió de piedra. Con un movimiento torpe pero firme de su brazo derecho —el único que conservaba cierta movilidad—, cubrió la medalla y tiró de la camisa para cerrarla.
—Eso no es asunto tuyo. Vine a tomar un baño, no a responder un interrogatorio de la servidumbre. Si vas a entrar en pánico por nada, puedes marcharte ahora mismo y le diré a la administradora que me busque a alguien competente.
—¡Es asunto mío porque esa medalla perteneció a mi hermano! —grité, olvidando por un segundo el miedo, el sueldo y la elegancia de la mansión. Mi voz resonó contra el mármol del baño—. Tenía diez años cuando desapareció en la tormenta del noventa y cuatro. Llevaba esa misma golondrina en el cuello. ¡Y esa marca en forma de luna… Julián la tenía desde que nació!