La primera vez que vi a Daniel y a Lucas juntos apenas tenían seis años.
Mientras los demás niños corrían por el patio, Lucas observaba desde su silla de ruedas cómo jugaban al fútbol. Había nacido con una enfermedad que limitaba el movimiento de sus piernas, pero jamás permitió que eso apagara su sonrisa.
Daniel fue el único que, en lugar de unirse al partido, se acercó hasta él.

—¿Quieres ser mi amigo? —le preguntó.
Desde ese día fueron inseparables.
Crecieron juntos, estudiaron en la misma escuela y compartieron cada recreo, cada tarea y cada cumpleaños.
Nunca vi a Daniel tratar a Lucas como alguien diferente. Para él simplemente era su mejor amigo.
Cuando ambos cumplieron doce años, la escuela anunció una excursión a un parque nacional famoso por sus senderos de montaña.

Todos estaban emocionados.