Pero el hombre del espejo no era ese hombre.
Retrocedí.
Sentí que las piernas me fallaban.
Tenía el cabello casi blanco.
La piel de mi cara estaba cubierta de arrugas profundas.
Llevaba una camisa vieja de cuadros, no la camisa clara que juraría haberme puesto esa mañana.
Me acerqué al espejo.
—¿Qué…?
Toqué mi propia cara.
El hombre del reflejo hizo lo mismo.
—¿Quién eres?
Mi voz salió débil.
Me giré rápidamente.
—¿Elena?
Nada.
—¡Elena!
El silencio de la casa se hizo enorme.
No había sonido de cazuelas.
No había música en la cocina.
No había pasos.
Entonces recordé al perro.
Aquel animal viejo llevaba todo el día siguiéndome.
De la cocina a la sala.
De la sala al pasillo.
Sus uñas hacían un pequeño ruido contra el suelo.
Tac.
Tac.
Tac.
Cada vez que me daba la vuelta, allí estaba él.