Expulsó a su viejo perro de casa, pero una carta reveló la verdad que su memoria había borrado

EXPULSÓ A SU VIEJO PERRO DE CASA… Y MINUTOS DESPUÉS DESCUBRIÓ QUE ERA EL ÚLTIMO RECUERDO VIVO DE SU ESPOSA

Empujé al perro hacia afuera y lo vi rodar por los escalones de la entrada.

No ladró.

No gruñó.

Ni siquiera intentó defenderse.

Cayó sobre el pequeño jardín frente a la casa, entre hojas húmedas y tierra fría, y se quedó mirándome con aquellos ojos opacos que parecían demasiado tristes para pertenecer a un animal.

—Y no vuelvas a entrar —dije.

Cerré la puerta con fuerza y puse el seguro.

Mi corazón golpeaba dentro del pecho.

Me quité varios pelos dorados del pantalón y miré el suelo del recibidor con fastidio.

—Elena acaba de limpiar —murmuré—. Ya sabes cómo se pone cuando alguien ensucia.

Miré el reloj.

Las cinco y cuarto.

Elena debía regresar del mercado en cualquier momento.

Había salido a comprar carne para la cena.

Era martes.

Los martes cenábamos juntos, veíamos las noticias y discutíamos sobre cualquier tontería hasta que alguno de los dos terminaba riéndose.

Así había sido siempre.

O al menos eso creía.

Me volví hacia la sala.

Algo estaba mal.

No sabía qué.

El aire olía a polvo y madera vieja. El sofá tenía una manta que no recordaba. La alfombra estaba gastada en algunas partes.

Fruncí el ceño.

Yo estaba seguro de que Elena la había comprado hacía poco.

Caminé hasta el espejo del pasillo para acomodarme la camisa.

Quería verme presentable cuando ella llegara.

Durante más de treinta años había trabajado como encargado en una fábrica de autopartes de Querétaro. Había sido un hombre fuerte. De esos que arreglan una llave que gotea antes de que alguien termine de pedir ayuda.

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