LEE ESTO CUANDO TENGAS MIEDO.
La niebla volvió a acercarse.
¿Dónde estaba Elena?
¿Qué había ocurrido?
Abrí el cuaderno.
Leí solamente las primeras líneas.
“Mi querido Carlos.
Si estás leyendo esto, probablemente estás teniendo uno de tus días de niebla.
Respira.
Estás a salvo.”
Cerré los ojos.
Respiré.
Cuando volví a mirar a Bruno, él había abierto uno de sus ojos.
Su cola dio un pequeño golpe.
—Sí —dije—. Ya sé quién eres.
Bruno volvió a dormirse.
Miré el reloj.
Eran poco después de las diez.
Fui hasta la cocina para preparar café.
Al abrir el refrigerador encontré tres recipientes iguales.
Cada uno tenía una nota.
“CALIENTA ESTO, PAPÁ.
CON CARIÑO, LUCÍA.”
Me quedé mirando aquel nombre.
Lucía.
Mi hija.
Durante un momento pensé que vivía lejos.
Después pensé que quizá vivía cerca.