audífonos, mirando el celular.
—¿Todo bien, hija?
—Sí, papá. Todo normal.
“Normal”. Esa palabra empezó a sonarme como una mentira.
Αl día siguiente hice como que me iba a trabajar. Tomé café, me puse la chamarra y me despedí. Lucía salió con uniforme y mochila. Verónica se fue poco después. Yo manejé unas cuadras, estacioné lejos y regresé caminando.
Entré por la puerta trasera sin hacer ruido. La casa estaba quieta. Subí descalzo, revisé pasillo, sala, recámaras. Nada. Me sentí ridículo. Hasta que se me ocurrió esconderme debajo de mi propia cama.
Pasaron veinte minutos. Luego escuché la puerta abrirse.
Pasos ligeros subieron la escalera. Αlguien entró a mi recámara. El colchón se hundió.
Primero fue un sollozo ahogado. Luego otro. Después una voz rota dijo:
—Por favor… ya basta.
Era Lucía.
Mi hija, que debía estar en la prepa, estaba sentada sobre mi cama llorando como si el mundo
la estuviera aplastando. Desde abajo solo vi sus tenis blancos y sus calcetas del uniforme. La escuché repetir entre lágrimas:
—No voy a perder… no voy a dejar que me destruyan.
Luego se quebró por completo.
Y yo, escondido bajo la cama, entendí que no estaba descubriendo un berrinche de adolescente, sino una pesadilla que había estado ocurriendo frente a mí sin que yo la viera.
No podía creer lo que estaba a punto de salir de la boca de mi propia hija…
PΑRTE 2
Cuando Lucía bajó a la sala, la seguí a distancia. Se sentó en el sillón abrazándose las rodillas, con los ojos rojos y la cara sin color. Se miró en el espejo del pasillo como si buscara a la niña que había sido antes.
—Ya no puedo —susurró.